Matrimoni

Afectividad y matrimonio

Todos buscamos ser felices y esto lo conseguimos cuando tenemos una afectividad llena y colmada de recuerdos gozosos. Todo lo que hacemos, vemos, sentimos…, deja una huella, forma parte de la afectividad e influye en nuestras emociones y, consecuentemente, en nuestras reacciones y forma de comportarnos.

El amor es una forma de relacionarnos y los afectos que le acompañan son las huellas que se van grabando en nuestro interior y conforman la afectividad. Todas nuestras relaciones pueden ser de amor, pero no siempre lo son; nuestras emociones unas veces lo impiden y otras, lo promocionan. Nuestra felicidad depende mucho más de lo que nos pensamos de nuestras emociones y de las de los demás.

Si el amor es una forma de relacionarnos, veamos cómo es esta relación. Imaginemos una pareja de novios. El le da a ella un beso y espera que ella le responda con otro o con un abrazo o simplemente con una sonrisa…; en otro momento se hacen un regalo, se cuentan cosas, etc. Van dialogando, se van sorprendiendo el uno al otro. En todas estas ocasiones uno hace de amante y el otro de amado, pero luego se intercambian estos papeles: el que hacía de amante hará de amado y viceversa. A esta alternancia entre amante y amado le llamamos cambio de roles.

Cada vez que estos novios cambian roles amante-amado se van dejando huellas agradables, gozosas, en su interior y estas mantienen colmadas sus afectividades y les anima a seguir por ese camino iniciado.

Para que una relación sea amorosa es necesario que se de este cambio de roles. Llamamos amor a muchas cosas, pero viendo si se da o no la alternancia amante-amado, podemos discernir si algo es realmente amor o no lo es.

Por ejemplo, el amor a una afición. Una persona que es aficionada a construir maquetas, es evidente que él solo con sus maquetas no tendrá cambios de roles, pasará un rato agradable, pero no tiene un amante o un amado que le permita conservar su afectividad gozosa. Si la afición se comparte con otras personas, entonces aquí se junta una relación de amistad en la que sí podemos encontrar cambios de roles. Entre los amigos habrá un diálogo, se intercambiarán ideas, pensamientos, preocupaciones, alegrías, a veces se ayudarán; sin darse cuenta van teniendo un intercambio de roles amante-amado que hará que les llene estar juntos.

También hay relaciones que no son amorosas y podemos comprobar que no se da este cambio continuado de roles. Un ejemplo extremo es un atracador: le exige a su víctima que le de el dinero que lleva encima (actúa como malvado en vez de amante) y esta se lo entregará. Aparentemente, le responde, le satisface su petición, podríamos pensar que es un cambio de roles; pero la víctima responde dándole el dinero porque quiere que acabe cuanto antes esa relación. Lo que hace es cortar el diálogo para acabar rápidamente. Aquí también quedará una huella en su interior que afectará a sus emociones y forma de actuar; seguramente cuando vea a una persona parecida se asustará y cambiará de dirección para no cruzarse con ella.

Esto es un caso extremo, pero en nuestra vida cotidiana a veces también actuamos con desamor sin darnos cuenta. Sin querer podemos herir con alguna palabra inoportuna o un desaire…, si esto se repite, la otra persona puede querer evitarnos, cortar el diálogo, entonces se puede ir enfriando la relación.

Esta acumulación de huellas, tanto en los casos de amor como de desamor, provocará un aprendizaje. Cuantas más imágenes amorosas hayamos acumulado más fácil nos resultará comportarnos de forma amorosa. El tiempo que permanezcamos juntos permitirá que acumulemos estas imágenes amorosas y, por lo tanto, cada vez será más fácil armonizar los cambios de roles. La belleza del amor se manifiesta cuando hay una armonía entre amante y amado.

En realidad este cambio de roles no es más que un diálogo y este interesa que sea continuo, que no se rompa. Cuando se habla de diálogo enseguida pensamos en el lenguaje verbal, pero tanto o más importante es el lenguaje de los hechos; con nuestro comportamiento transmitimos mucha información y además dejará una huella más marcada en la afectividad que unas palabras. Por ejemplo, podemos decir una cosa y hacer lo contrario, entonces la información que transmitimos es que lo que hacemos es más importante que lo que decimos, por algo se dice que “una imagen vale más que mil palabras”. Para cualquier diálogo es fundamental que las personas que intervienen se conozcan y así poder buscar el bien de la otra persona.

En la familia, gracias al aprendizaje, todos los miembros se beneficiarán de estas relaciones amorosas. En la medida en que todos se esfuerzan por mantener estas relaciones amorosas, el amor va creciendo y organizando las demás relaciones, entonces es cuando se llega al equilibrio emocional. Este esfuerzo no tiene que estar encaminado solo a hacer cosas agradables, es más importante orientarlo al respeto; respeto a los horarios, a las necesidades peculiares de cada uno, a los ritmos biológicos, a la maternidad, a la vida… Entonces es cuando se llega a la armonía de los cambios de roles amante-amado y podemos contemplar la belleza del amor.

La familia es el medio natural para aprender a amar. Aquí los hijos reciben de sus padres lo que más necesitan: un referente de conducta amorosa; además de recibir el amor de sus padres (y hermanos u otros miembros de la familia), aprenderán a amar fundamentalmente viendo amar, viendo como se respetan, como se tratan con educación y amabilidad, como se sorprenden, como se perdonan…, en definitiva: viendo como los que conviven con ellos van alternando sus papeles de amantes y amados.

Por Bárbara Sotomayor de Familia Eco 3

 

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